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"Young, el pueblo que no olvida"

Imagen: 
"Young, el pueblo que no olvida"
Temática: 
Efectos sobre la población de Young luego de la tragedia del 2006
Medio: 
El País
Conductor/a - Periodista: 
Martina Stirling
Entrevistado/a o mencionado/a por Facultad de Psicología-UR: 
Graciela Loarche Guerra
Fecha: 
Sáb, 02/07/2016
FUENTE: 
http://www.elpais.com.uy/que-pasa/young-pueblo-que-no-olvida.html

Un evento solidario convocó a todo el pueblo de Young el 17 de marzo de 2006. Era una tarde de fiesta que terminó en tragedia. Ocho muertos que Young no olvida.


Un reciente estudio psicológico sobre las vivencias de la población con relación a aquel drama, concluye que las heridas siguen abiertas, y que hubo una suerte de “pacto simbólico” entre los vecinos para evitar reproches y asumir, en conjunto, la responsabilidad por lo ocurrido. Con dolor, las familias de las víctimas recuerdan lo ocurrido y aún hoy intentan superar la tragedia.

Hace diez años que Norma Díaz no encuentra respuestas que curen su dolor. Hace diez años se pregunta qué pasó ese fatídico 17 de marzo de 2006 cuando la vida de su familia se partió al medio, como las vías del tren que dividen en dos a la ciudad de Young en el departamento de Río Negro. "Mi madre, Ramona, me había dicho la noche anterior que iba a ir y yo le dije: ‘No mamá, no vayas a cinchar, andá a mirar si querés’".

Ramona Galai tenía 79 años y era una conocida costurera en Young. Integra la lista de ocho víctimas que fallecieron a causa del arrollamiento de una locomotora arrastrada por un grupo de personas durante una jornada a beneficio del Hospital de Young, propuesta por el programa "Desafío al Corazón" de Canal 10. Norma no logró hablar con su madre esa mañana para insistirle que no fuera por la llovizna. "Sé que entró a cinchar con otra señora que está todavía viva. La locomotora se les vino arriba y pasó lo que pasó".

En Young rara vez ocurre algo noticioso. No suele aparecer en los periódicos. No tiene canal de televisión local. El tren hace años que ha dejado de circular por allí. La vida es tranquila, se vive principalmente de la agricultura, la gente se conoce, y aún hoy se sigue llamando a esta ciudad de más de 17.000 habitantes, "pueblo chico", porque siempre hay un tipo de vínculo con el vecino. Quizá por este "anonimato", por la monotonía de los días o por la conocida solidaridad de la ciudad, los habitantes de Young recibieron con entusiasmo la noticia de formar parte de un evento a beneficio.

La consigna era reunir US$ 30.000 para dotar de calefacción al hospital de la ciudad. Para ello, sesenta hombres, todos mayores de edad y previamente anotados, debían mover una locomotora de 56.000 kilos por 75 metros.
 

El dolor

Hoy las versiones que se manejan sobre la tragedia son muy distintas, cada uno tiene su teoría y busca la mejor explicación para superar el trauma. Hay incluso investigaciones académicas que tratan de explicar lo que ocurrió.

Graciela Loarche, licenciada en Psicología y magíster en Psicología Social, presentó un estudio sobre el trauma psicosocial de los younguenses en relación al siniestro ferroviario para comprobar cómo es el impacto vital tras experiencias extremas. Entrevistó a ocho personalidades de Young y realizó un cuestionario a otras 60 personas que estaban presentes en el momento del accidente.

Según el estudio, "no hay una opinión marcada sobre si el sufrimiento sea útil o una oportunidad de superación, y aunque en general no crean que se puedan extraer excesivos aprendizajes de haber pasado por esta experiencia, las opiniones son divergentes".

Cuatro mil personas acudieron a la estación; unas trescientas se dispusieron a tirar de la locomotora. Todo se fue de las manos en pocos minutos.

Para Martín Campero, quien ese día resultó herido de gravedad, la organización estaba bien hecha pero la gente sobrepasó los límites por el entusiasmo y las ganas de ayudar. "Era una fiesta muy alegre que terminó en tragedia", dice apesadumbrado.

El ambiente festivo y de celebración del momento, la predisposición de todos por colaborar y la imprudencia de aquellos que cruzaron a la vía sin autorización, más la humedad, el gris del cielo y el calor propio del verano, formaban parte de las horas previas al accidente. "Yo salté del andén para cinchar", recuerda el hombre, "me puse adelante de la locomotora y cuando quisimos ver el tren se vino muy rápido". Lo que ocurrió después resume la tragedia. Su cuerpo quedó apretado entre la punta del tren y el andén, después alguien gritó "hay que cinchar para atrás" y entre varios empujaron el ferrocarril para liberar a los cuerpos inertes y a los que entre gritos pedían ayuda.

Norma no se puede olvidar de la ceremonia religiosa que ofició el cura Fernando Pigurina, aún hoy le resuena una frase que sigue sin entender: "Fue un exceso de amor, no le busquemos más vueltas", repite con lentitud.

Hoy, Ariel Pérez, comunicador younguense, desea no haber estado ahí, tan cerca y tan lejos del horror. "Yo tenía la responsabilidad de conducir el evento y de ponerle color, me llamaron para eso". La ciudad se había engalanado para la ocasión, todos querían salir en cámara, vivir la fiesta, hubo una promoción en la radio y en la televisión. "Se creó un jingle para la ocasión", recuerda Ariel. Él estaba apostado en el andén con micrófono en mano cuando "pasó todo", aunque dice que no vio nada de lo que sucedió a sus pies y tampoco quiso. Hilvana los momentos, se confunde, vuelve para atrás y para delante con avidez. Dolor, confusión, nervios, alegría y estupor se entremezclan en cuestión de segundos, "unos cinchaban y otros me pedían que parara".

El maquinista fue condenado y luego absuelto. Ariel se pregunta una y otra vez quién es el responsable de ese evento. Según él, "responsables fuimos todos, los que organizaron, los que estábamos trabajando, e incluso las 4000 personas que estaban viendo el desafío, le cargamos al maquinista la culpa, cuando todos la teníamos".

Silvia cree que nombrar a los "culpables de tal negligencia" es sumar más dolor al existente, "porque las familias de quienes iban a ser privados de su libertad, también quedarían sumergidas en otro "duelo". Así como dice Silvia y como lo prueba el estudio de Loarche, las demandas posteriores al accidente provocan que el caso "siga siendo noticia y reavive los recuerdos".

Mario Suárez, juez letrado que trabajó en el caso, se hace una pregunta: "¿Para qué penalizar y condenar a la gente? Yo creía que una sociedad que se encolumna tras un noble propósito como dotar de calefacción y de un buen equipo al Hospital de Young no merecía la intervención del Derecho Penal", dice convencido. Para él, haber impuesto sanciones por lo penal no era lo ideal. "Lo más conveniente era reparar el daño de forma económica porque era una obra de buenas intenciones", sentencia.

Silvia ha logrado seguir adelante gracias a la fuerza que le dan sus hijas. Su esposo Ramón Bacino falleció en las vías ese 17 de marzo. "Él llegó a mediodía a casa", trabajaba en el campo en una estancia de la zona, "comimos juntos y luego se fue a la estación del ferrocarril, que queda a dos cuadras de casa". Ella se fue a trabajar. Desde aquel día no ha sacado ninguna conclusión ni tampoco ha mirado para atrás, pero "el duelo personal fue muy intenso y siempre está a flor de piel, cicatriza, pero a veces rascás un poquito y aflora", reconoce.

El silencio va y viene entre miradas gachas y conversaciones informales, del tema se habla cuando se cumple fecha y se realiza un acto conmemorativo. "El dolor lo llevamos por dentro, no se habla, no se comenta. Creo que queremos olvidarlo y si no hablamos de lo qué pasó, ayuda".

Norma sueña con su madre y se consuela yendo al cementerio todos los fines de semana; Silvia sabe que su marido vive en su alma y en su pluma. Canaliza el dolor escribiendo textos que la ayudan a escapar de la realidad.

De la investigación de Loarche surge que "hay mucho sin duda para trabajar desde el enfoque psicosocial", dado que "algunos de los referentes locales advirtieron sobre la falta de recursos humanos en salud mental y la preocupación por no haber podido realizar un seguimiento, por ejemplo, de las familias de las personas fallecidas o de los niños que estaban en el tren en el momento del siniestro".

Loarche concluye que el siniestro fue "un desastre", y que como evento extremo toda la población se vio afectada en diferentes niveles: en lo personal, en lo familiar, en lo grupal o en lo comunitario.

"La afectación psicosocial se encuentra presente en varios de los tramos de las entrevistas, fundamentalmente cuando hablan del quiebre de vínculos entre personas que son muy estimadas para todos". Las heridas siguen abiertas y lo estarán toda la vida. El dolor se sobrelleva por dentro, y aún hoy los youngenses siguen llorando como lloró Young el 17 de marzo de 2006.
 

"No me pasó nada porque me equivoqué al bajar"

El equipo de producción de Canal 10 llegó a las 14:00 horas para ver cómo era el lugar y grabar unas entrevistas en el Hospital antes de la actividad. Paola Bianco era la encargada de realizar notas y presentar, en conjunto con Humberto de Vargas, quien se encontraba en Montevideo. A la presentadora le cuesta hablar, sigue haciendo terapia junto a los productores, y reconoce que "es un tema que no está superado. Cada 17 de marzo se reaviva. No me voy a poder olvidar nunca", dice. Cuando la gente empezó a cinchar ella estaba arriba del tren. "Estaba embarazada de seis meses, y gracias a que me equivoqué y bajé por otro lado el tren no me aplastó, porque en realidad yo me tendría que haber bajado por delante de la locomotora. Me caí de panza, me golpeé y lo que siguió fue horrible", recuerda. Paola habla de la "adrenalina" que se generó esa tarde y que era común en todos los desafíos que se realizaban en el país. "La gente estaba muy emocionada, uno empujó, y otro, y otro..."