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"Qué es y a quiénes castiga la cultura de la cancelación"

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Temática
Redes sociales - Cultura de la cancelación
Medio
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Medio digital
Conductor/a - Periodista
Juan Andrés Ferreira
Entrevistado/a o mencionado/a por Facultad
Fecha
FUENTE
https://galeria.montevideo.com.uy/Revista-Galeria/Que-es-y-a-quienes-castiga-la-cultura-de-la-cancelacion-uc767077

Sergio Puglia, Orlando Petinatti, Daniel Viglietti. Bill Gates, Gwen Stefani, Steven Pinker, Charlie Rose, Ian Buruma. Algunos nombres son bien conocidos. Otros quizás no tanto. Y hay unos cuantos más. Todos tienen algo en común: han sido (o están siendo) cancelados. O quizás, como ya sucedió con Rowling y Johansson, volverán a serlo.

El 6 de junio, la creadora de la saga de Harry Potter compartió un artículo en su cuenta de Twitter (con 14,3 millones de seguidores) acerca de cómo será el futuro pos-Covid para, según el texto, "las personas que menstrúan". Acompañó el tuit ironizando sobre esa expresión. "Estoy segura de que existía un término para esas personas", escribió: "Alguien que me ayude". Y a continuación arriesgó términos posibles: "Wumben? Wimpund? Woomud?" (jugando con la palabra woman, "mujer").

Las respuestas llegaron de inmediato, primero desde cuentas personales, luego desde instituciones y organizaciones, acusándola de ser una TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist: feminista radical que excluye a mujeres trans), etiqueta que ya le había sido asignada no mucho tiempo antes, cuando se manifestó a favor de Maya Forstater, cancelada por cuestionar desde Twitter los planes del gobierno británico de permitir que las personas declaren su propio género. Además, alguien recuperó un antiguo like que años atrás Rowling le había dado a un tuit que decía que las mujeres trans eran "hombres con falda".

Rowling intentó aclarar su comentario en un hilo de Twitter al día siguiente, pero el tema se oscureció más y más. El fandom, el reino de los fans, se vio seriamente alterado: líderes de las diferentes comunidades de fanáticos de Potter se unieron para presentar una declaración condenando los comentarios de la madre de la criatura. Warner Bros., productora que llevó la saga al cine, emitió un comunicado reafirmando su apoyo a la cultura de la diversidad. Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint, que personificaron a los protagonistas en las ocho adaptaciones cinematográficas, también se pronunciaron al respecto, todos en contra de Rowling.

En el mundo que se agita por fuera de las redes, en Vancouver, Canadá, un cartel con la leyenda "I love J.K. Rowling", en apoyo a la escritora, fue atacado con pintura. Un acto similar fue perpetrado con un letrero en Edimburgo. Con la publicación de su nueva novela, Troubled Blood, volvieron los disparos. La historia se centra en un asesino (masculino) que se disfraza de mujer para asesinar a sus víctimas (femeninas). Activistas y miembros de la comunidad trans sostienen que el libro tiene una trama antitrans que podría ser perjudicial para la comunidad. De inmediato, la escritora fue tendencia en las redes con el hashtag #RIPJKRowling.

En julio se publicó en Harper's una carta firmada por 150 intelectuales, entre ellos Margaret Atwood, Noam Chomsky, Salman Rhusdie y la propia Rowling, donde expresaban su rechazo hacia la cultura de la cancelación, alertando sobre "la restricción del debate". En la carta pedían por "preservar la posibilidad de desacuerdos de buena fe sin consecuencias profesionales nefastas", en referencia a lo ocurrido con la escritora.

La patota virtual. "La denominada cultura de la cancelación remite a la expresión ‘estás cancelado' o ‘cancelada' para aludir al retiro de apoyo a alguna empresa o algún personaje público por haber realizado o dicho algo ofensivo para algún grupo o colectivo", define, en diálogo con galería, Juan Fernández Romar, psicólogo y profesor titular de Psicología Social en la Universidad de la República. "Se trata de una respuesta promovida por algún segmento social que busca viralizarse en las redes sociales frente a un gesto, comentario o una acción que considera inaceptable", explica el especialista. "Esto puede derivar en diversas formas de boicot tales como no comprar ciertos productos o una marca en particular o dejar de consumir determinadas producciones culturales como canciones, películas o series por estar relacionadas con alguien que hizo algo reprobable".

Existen distintas maneras de cancelar. Todas tienen diferentes grados de alcance. Y todas se inician desde un mismo terreno. "La cultura de la cancelación funciona a caballo de las redes sociales. No puede haber cultura de la cancelación si no hay patota virtual", relata a galería Aldo Mazzuchelli, escritor, PhD en Letras por la Universidad de Stanford, profesor titular de la Universidad de la República.

"Uno de los motivos por los que la cultura de la cancelación tiende a tener éxito en las redes sociales puede ser porque a los algoritmos les encanta la polémica", arriesga Ian Buruma, exeditor de The New York Review of Books, quien en setiembre de 2018 se vio obligado a renunciar a su puesto por haber publicado un artículo sobre el #MeToo que fue considerado sexista.

"Los contenidos que provocan una respuesta emocional intensa, ya sea positiva o negativa, se vuelven virales más fácilmente", dice Anjana Susarla, profesora asociada de Sistemas de Información en la Universidad Estatal de Michigan, en una nota con el medio digital The Conversation. "Podés haber escrito un tuit muy inmaduro siendo adolescente, alguien puede sacarlo a la luz, omitir convenientemente que es de hace siete u ocho años y los algoritmos amplificarán la reacción. Y así, de repente, te han cancelado".

En julio de 2020, por medio de una carta abierta, miembros de la Sociedad Lingüística de Estados Unidos (LSA) exigieron la eliminación de Steven Pinker de la lista de académicos distinguidos y de expertos en medios. Pinker es psicólogo experimental, científico cognitivo, lingüista, escritor y profesor de Harvard, autor de títulos como La tabla rasa y Los ángeles que llevamos dentro. La carta llevaba la firma de 620 docentes que exigían que se retracte de algunos tuits publicados tiempo atrás, uno de ellos en 2015. Estos tuits fomentarían el racismo y el machismo, y resultan, por consiguiente, indignos y peligrosos.

"Puede que Pinker resista, debido a su amplio prestigio y obra", escribe Mazzuchelli en El perfume de Occidente al derretirse, artículo publicado en la revista digital Extramuros. "Pero mucha otra gente, que dice cosas molestas para el pensamiento único y obligatorio, pierde su empleo". Y entonces, comparte algunos ejemplos. Como el de Brett Weinstein, que proviene del ámbito académico, uno de los frentes desde donde, según Mazzuchelli, se fue gestando la cultura de la cancelación. En 2017, Weinstein fue forzado a renunciar de Evergreen State College por "negarse a dejar de dictar su clase cierto día, contradiciendo una medida instigada por un grupo de estudiantes que decidieron que determinado día se prohibiese enseñar a profesores de piel blanca, y en cambio se los obligase a concurrir a una sesión de adoctrinamiento sobre raza, fuera del campus". Así respondió Weinstein: "Hay una gran diferencia entre que un grupo o una coalición decida ausentarse voluntariamente de un espacio que comparte con otros, a efectos de destacar sus roles vitales y no suficientemente apreciados... y que un grupo le diga a otro que debe irse un día entero. Lo primero es una llamada forzosa a la toma de conciencia, lo cual, por cierto, se desliza ya hacia la lógica de la opresión. Lo segundo es una demostración de fuerza, y un acto de opresión en sí mismo".

Para Fernández Romar, estas acciones "tienen una larga historia pero se actualizaron y alcanzaron mayor potencia gracias a la instantaneidad y ubicuidad de las redes sociales, llamando la atención sobre situaciones de injusticia social tales como comportamientos discriminatorios o lesivos del ambiente. Todo suele empezar con algún usuario de Facebook, Instagram o Twitter que logra viralizar alguna denuncia contra una persona o institución agresora". Sobre el caso de "los virulentos ataques contra la escritora J.K. Rowling", sostiene: "Me pareció que simplemente discrepaba y no actuaba fóbicamente ni con odio siendo inmerecidos los ataques que le realizaron".

Un mundo muy simple. "Creo que la cultura de la cancelación es más un síntoma de la implosión de varios modelos que se instalaron con la modernidad y que están desapareciendo", continúa Mazzuchelli. "Cuando fui a la escuela y al liceo tenía amigos y compañeros de clase a los que iba a sus casas, a sus cumpleaños, que vivían en todas partes de la ciudad, que eran de varias clases sociales y, por lo tanto, hasta cierto punto, de diferentes experiencias vitales. Lo que veo ahora es que es muy difícil encontrar un pibe de 15 años que viva en Pocitos y tenga un amigo que vive al norte de avenida Italia; es rarísimo, prácticamente imposible. Hay un reacomodamiento imaginario, social, que afecta también las amistades, los contactos, y sobre todo afecta la experiencia del mundo. La gente está construyendo grupos de reafirmación, de autoconfirmación, todos nos confirmamos entre nosotros. Es un mundo de hashtags. Un mundo donde no te voy a hacer un argumento complejo, te voy a ofrecer un eslogan, con lo cual terminamos todos comportándonos como hinchas de fútbol en lugar de ciudadanos. La gente se vuelve hincha de una determinada posición o resuelve toda una complejidad con una ironía. Yo pienso A y solo me junto con gente que piense A. Y se tolera muy mal, incluso se considera como una afrenta que alguien piense B. La pretensión de la modernidad fue generar un sujeto pensante que se hiciera cargo de sus ideas y que como tal contribuyese a la sociedad con su ángulo. Eso implicaba, al menos de una manera ideal, que nunca se cumplió demasiado, una idea de ágora, de discusión".

Meses atrás, en su carta de renuncia como editora de la sección opinión de The New York Times, Bari Weiss se lamentó de que Twitter se haya convertido en "editor" del histórico diario estadounidense. "Las historias son elegidas y contadas de una manera que satisface a la más estrecha de las audiencias, en lugar de permitir a un público curioso leer sobre el mundo y luego sacar sus propias conclusiones. Siempre me enseñaron que los periodistas estaban encargados de escribir el primer borrador de la historia", recordó Weiss. "Ahora, la historia en sí misma es una cosa más efímera moldeada para ajustarse a las necesidades de una narrativa predeterminada".

Y ahora, en un marco contextual diseñado por una pandemia, también se cancelan médicos, científicos, comunicadores, publicaciones y sitios web. "Alguien llama a anularle la existencia social a alguien y los argumentos siempre están apoyados en una estructura que no se explicita, pero que grosso modo es los buenos contra los fachos. ¿Quién es facho? Cualquiera que no apruebe o no le diga amén a todo lo que dice The New Nork Times es un facho. Listo. Es un mundo muy simple. El problema de este mundo simplificado es que está generando toda clase de consecuencias, que son muy concretas, como perder el laburo", apunta Mazzuchelli. Y señala el caso de la doctora estadounidense Simone Gold, quien, junto con otros integrantes del America's Frontline Doctors, realizó una conferencia de prensa en Washington explicando su experiencia con el uso de la hidroxicloroquina, azitromicina y zinc para el tratamiento temprano del Covid-19. El video fue retuiteado por Donald Trump, apilando millones de visualizaciones. Hasta que fue eliminado de Facebook, Twitter y YouTube por las propias empresas con el argumento de que difundía información errónea sobre el coronavirus. "El sitio de America's Frontline Doctors fue bajado. Y cuando Gold regresó al hospital donde trabajaba, la echaron", comenta Mazzuchelli. "Hay una especie de dictadura narrativa que si alguien realmente se atreve a cuestionarla es expulsado bajo la acusación de que está poniendo en peligro la salud de los demás. Como si hubiera una claridad absoluta, como si hubiera una unanimidad en el mundo científico. Nunca va a haber porque el mundo científico, por su naturaleza, no lo es. Lo que sí es unánime es el establishment científico, que están todos en la misma".

A favor, en contra. En favor de la cultura de la cancelación se sostiene que se trata de un "nuevo poder", un poder disponible para gente que siempre estuvo por fuera. "La época en la cual las personas eran tratadas injustamente y no podían responder a las opiniones retrógradas y tóxicas se terminó", expone Lisa Nakamura, profesora de la Universidad de Michigan, en un reporte de AFP. "Si hay una personalidad que quiere cancelar a los transexuales, no hay ninguna razón en el mundo para que no pueda ser cancelada a su vez", comenta la académica, docente de estudios de cine y medios, estudios asiaticoamericanos y estudios de género y mujeres. Nakamura considera que el movimiento es parte de algo más amplio. Cita el caso de Amy Cooper, quien fue grabada cuando acusaba falsamente a un hombre negro de amenazarla, cuando en realidad el hombre, llamado Christian Cooper (sin ningún parentesco) estaba observando aves en el Central Park. El video se hizo viral el mismo día de la muerte de George Floyd y derivó en un intenso debate sobre el racismo y el privilegio blanco. "La cultura de la cancelación es lo que sucede cuando las víctimas de racismo y sexismo ya no silencian la identidad de sus agresores", sentencia Nakamura.

En una nota con Vox, Anne Charity Hudley, doctora en Filosofía de la Universidad de California en Santa Barbara, explica la lógica detrás de esta cultura y por qué razones funciona. "Cancelar es una forma de reconocer que no es necesario tener el poder de cambiar la desigualdad estructural. Ni siquiera tener el poder de cambiar todo el sentimiento público", asegura. "Cuando ves a personas cancelando a Kanye West, ves una forma colectiva de decir: ‘elevamos tu estatus social, tu destreza económica, pero no vamos a prestarte atención de la manera que alguna vez lo hicimos... Puede que no tenga poder, pero tengo el poder de ignorarte'".

En 2018 Scarlett Johansson fue cuestionada desde las redes por aceptar el papel de un personaje trans, Dante Tex Gill, alegando que impedía que un intérprete realmente transgénero se hiciera con el rol. Johansson ya había sido criticada por sus privilegios de aceptar cualquier clase de papel, como el protagónico de Ghost in The Shell, un personaje asiático, y se volvió tendencia en las redes. "Como actriz debería poder interpretar a cualquier persona, a cualquier árbol, a cualquier animal, es mi trabajo. El arte debería estar libre de restricciones", declaró. La producción iba a ser un retrato de Gill, un gángster y proxeneta trans que dirigió varios prostíbulos en la década de 1970 en Pensilvania. Con la polémica, la actriz se alejó del proyecto, que se canceló. Aunque posteriormente tomó forma de una serie, que está siendo escrita actualmente por Our Lady J, pianista clásica, cantante y compositora transgénero que también es guionista de televisión y productora de las series Transparent y Pose.

"El lado bueno de esto es que puede configurar un gran amplificador instantáneo de la voz de grupos minoritarios y oprimidos desencadenando acciones políticas eficaces", reflexiona Fernández Romar. Y pone como ejemplo al movimiento MeToo. "Logró rápidamente castigos ejemplarizantes a personajes hasta ese momento intocables como Harvey Weinstein y consecuentemente un grado mayor de reflexión sobre algunos comportamientos misóginos en la industria del cine y en el resto de la sociedad. No obstante, esas mismas prácticas a otras escalas más pequeñas han arruinado la vida de personas no tan poderosas ni famosas por evidencias que no son más que rumores o aplicando castigos que son auténticos linchamientos mediáticos y que no guardan relación con la eventual falta cometida. Esa acción de muchedumbre mediática produce un efecto de juez supremo, alentando a que algunas personas se asuman con autoridad y conocimiento de causa para juzgar cualquier cosa de lo ajeno, desde su apariencia a su comportamiento, sentenciando sin piedad a una personalidad o una obra; acabando con una persona pública mediante un ciberacoso humillante, desmedido y en ocasiones errado. Los colectivos organizados que luchan contra distintas formas de discriminación o que buscan la normalización o reconocimientos de nuevos derechos suelen tener una visión más detallada y fina de los problemas que quienes no integran esa comunidad porque lo viven en carne propia".

Canceladores y cancelados. "Los que cancelan (no sé si es una práctica tan extendida y sedimentada como para llamarla cultura) y los que denuncian la cancelación son dos caras de la misma moneda. Despliegan la misma estrategia de victimización y persiguen el mismo fin, que es la lucha por quién se queda a cargo de la comisaría cultural. Ninguna de las partes busca el diálogo, la trascendencia, la inclusión. Desconfío de ambos bandos", sostiene Gustavo Laborde, doctor en Antropología Social.

"Por un lado, debemos respetar que sujetos subalternos se ofendan frente a ciertos discursos. La mal llamada corrección política no es un fenómeno contemporáneo, que no empieza con oscuras financiaciones de fundaciones o multimillonarios. Podemos hablar de Erasmo de Rotterdam como un antecedente del siglo XVI en un proceso civilizatorio que se continúa hasta hoy. Es una función general de la cultura moderar los impulsos violentos de los individuos".

Y agrega Laborde: "Desconfío de los que se victimizan con la cancelación, porque lo hacen para crear la idea de que ahora existe una suerte de dictadura cultural. Eso es falso, nunca hubo un pasado idílico donde se podía decir todo. No los veíamos quejarse antes de que se cancelara la obra de Leni Riefenstahl, que es un panfleto nazi pero también una cumbre estética, ni de la anatemización del Islam, ni de que en muchos medios de comunicación y universidades se cancelara al marxismo, la perspectiva desde la lucha de clases o de género. Es una victimización cínica e interesada". No obstante, el antropólogo asegura que "la cancelación es deplorable, porque siempre termina en el ensimismamiento, la autoafirmación y la negación del otro. En el caso de la cancelación de obras de arte del pasado es un suicidio cognitivo y un disparate histórico".

"No hay ninguna racionalidad en todo esto", opina Mazzuchelli. "Creo que la gente que está tirando abajo las estatuas o prendiendo fuego las cosas, no lo hace en virtud de que haya razonado nada, son más bien emergentes, probablemente gente bastante débil, en muchos sentidos, que ceden frente al tiempo, y van para adelante con algo que es infantil, un poco farsesco", comenta, en referencia a los actos de vandalismo sobre estatuas y monumentos a Winston Churchill y Cristobal Colón en el marco de las protestas antirracistas tras el asesinato de George Floyd en mayo de este año. "La gran mayoría de lo que uno ve en las redes, sobre todo en Twitter, es un juego de likes, un golpe de información condicionado por el género, el género tuit, que tiene determinadas condiciones literarias, por llamarla así. No es diálogo, no es discusión".

En Instagram, la politóloga argentina Florencia Freijo compartió una serie de reflexiones. "No somos solo lo que decimos ser, no somos solo un comentario en un mal día, una sola opinión sobre un tema", escribió. "La cultura de la cancelación se hace lugar siguiendo y dejando de seguir. En una movilidad vertiginosa e irrefrenable donde consumimos personas como cafés take away. (...) En este proceso de deconstrucción que hacemos, démonos el lugar de no hacer todo perfecto, porque el universo de las relaciones es complejo. Y demos lugar a la empatía por el otro. No somos productos que deben venir sin fallas (y) si no, los devolvemos. No somos feministas que deben ser perfectas, con vínculos puros, que trabajen sobre una ética del consumo perfecta en todo, ni por el intento de deconstruirnos tenemos que tirar todo a la basura. Nuestro novio tampoco es una basura porque tire comentarios machirulos. No es lo mismo un violador, un violento, un maltratador psicológico que el pelotudo que te hace un comentario sexista. No es lo mismo una mujer con un discurso feminista que explota a la empleada doméstica que una que dice ‘yo no soy feminista, estoy a favor de la igualdad' pero en lo conductual es supersorora".

Según Freijo, "hay conductas atravesadas por el desconocimiento", y eso "no convierte a la persona en alguien plausible de ser cancelada. Miremos el todo, así también el mundo se nos hace un poco más amable y lo volvemos más amable. El enojo es un gran catalizador pero no podemos enojarnos con todo el mundo, porque hay tiempos, hay momentos, hay escenarios y hay muchas variables en todo. Que el discurso del enojo tenga más que ver con un reconstruir todo que con una cancelación constante donde solo terminamos formando un micromundo, líneas divisorias, en donde el otro es el malo, y aquí estamos los buenos", concluye.

Cancelación en Uruguay

En 2018, desde Twitter, se llamó a un boicot a Tienda Inglesa por su decisión de abrir el 25 de diciembre. Y, casi de inmediato, también a Sergio Puglia, que aquel año se manifestó a favor de la resolución de la empresa. En abril de este año, también desde Twitter, algunos usuarios llamaron a no comprar los productos que el comunicador publicita o promociona en sus programas de radio y televisión. La razón: sus opiniones políticas. En agosto, el conductor denunció un boicot por parte del sello Montevideo Music Group, que le imposibilitó realizar una nota con uno de sus artistas, debido también a sus opiniones y sus declaraciones.

Ese mismo mes Orlando Petinatti se convirtió en tendencia en Twitter con #PetinattiIsOverParty. Había desaprobado la actuación de una participante en el programa televisivo Got Talent Uruguay porque había cantado en coreano. "Fue una muy linda y dulce presentación. Como no entiendo coreano, para mí es un no", dijo el conductor de Malos Pensamientos. "No sé lo que está cantando, es verdaderamente la canción o nos está embaucando a todos". Su comentario fue considerado xenófobo.

"Me parece positivo el hecho de que muchas personas se posicionaron a favor de lo que nosotras buscábamos transmitir: que la xenofobia no está bien y no debe ser avalada por los medios de comunicación", explica a galería una de las jóvenes que usó el hashtag. Al mismo tiempo, reconoce: "No creo que haya servido mucho porque la gente se olvida rápido de las cosas. Esto desde siempre va mucho más allá de la comunidad del k-pop, nosotras como adolescentes/adultos jóvenes buscamos promover la igualdad en todos los aspectos y la no discriminación, pero muchas personas pensaron que lo hacíamos porque la chica cantaba k-pop y esto no fue así. La sociedad es muy intolerante cuando se trata de asiáticos, es algo que está muy normalizado".

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