Hace unos 15 días entré al hall de un edificio y me tropecé con una escena. Un joven de unos 26 o 27 años, corpulento, bastante alto, le comentaba a la portera que le estaban dando medicamentos para dormir. Se había ido a la cama a las 12 de la noche y se despertó a las 2 de la tarde. Durante el día se sentía como zombie.
La portera, que sabe que soy psicóloga, me miró como esperando que dijera algo. No dije nada. Me quedé callada mientras esperábamos el ascensor, en ese tipo de situaciones, cuando una no conoce el terreno, es mejor no meterse. Ella lo miró y dijo: “Ay, qué cosa”. Después nos subimos al ascensor.
Hablar de psicofármacos es tan común que ocupa las charlas casuales mientras se espera el ascensor, señaló Andrea Bielli al iniciar la conferencia inaugural de actividades académicas de grado. Desde hace varios años, buena parte de la producción, comercialización y consumo de estos psicofármacos apuntan a resolver problemas cotidianos. Están en los baños, sobre la mesa de luz, en las cocinas.
Dormir se volvió un problema a atender. Abundan las recomendaciones y las investigaciones que advierten sobre las consecuencias de no descansar bien. El déficit de sueño se asocia a problemas del corazón, diabetes y obesidad, pero también a malestares psíquicos, como la angustia y la depresión. La medicina del sueño indica que dormir bien es una condición para la salud. Como retoma Andrea Bielli, citando al investigador William Dement, el sueño “ni más ni menos nos asegura la salud y la felicidad”.
Sin sueños
Al joven del ascensor, la medicación no solo le cambió el sueño. Como señala Andrea Bielli, lo convirtió en un “durmiente por exceso”, duerme más, pero no necesariamente mejor. Su vigilia también se vio afectada. con una sensación de resaca durante el día.
Si se le preguntara si sueña, probablemente la respuesta sería no. Uno de los efectos secundarios de estos fármacos es que se sueña menos, o que los sueños se vuelven pesadillas insoportables. En una investigación reciente coordinada por Bielli, en la que se entrevistó a 52 personas que toman o tomaban zolpidem —un fármaco utilizado para inducir el sueño—, muchas relatan la imposibilidad de soñar o de recordar sus sueños.
En esta era psicofarmacológica, los sueños y sus procesos no aparecen asociados al dormir ni se destacan sus efectos sobre la salud. No siempre fue así. A mediados del siglo XIX, el sueño despertó el interés científico y distintas disciplinas interrogaron el dormir y el soñar. En ese contexto, Sigmund Freud plantea que una de las funciones del soñar es permitir que sigamos durmiendo. En la actualidad, ese lugar parece haber sido desplazado por los fármacos.
Todo en calma
Los psicofármacos intervienen sobre la experiencia del dormir. El tratamiento de estos problemas pasa por controlarlos y, algunas veces, por suprimir la experiencia de soñar. Los efectos secundarios de los antidepresivos advierten que aplanan las emociones y el deseo sexual. Los antipsicóticos generan indiferencia. Los ansiolíticos, como dicen muchos de sus usuarios, “bajan las revoluciones”.
En esta era psicofarmacológica, el ideal parece orientarse hacia una cierta serenidad, advierte Bielli. A veces en forma de sedación, otras como tranquilidad, otras como adormecimiento, y también como aplanamiento emocional. Dormimos, pero no es seguro que soñemos.
El desafío que deja planteado a quienes ingresan a la carrera es qué lugar ocupan hoy los saberes psicológicos. Si la psicología se acopla sin más a esta lógica biomédica y farmacológica, su lugar corre el riesgo de volverse suplementario. Y con eso, se pierde la posibilidad de alojar la experiencia, el deseo y el malestar.