Una tesis sobre los entramados comunitarios que sostienen el tejido de la vida frente al avance del agronegocio.
En un país donde solo el 4% de la población vive en el campo, dos redes ensayan otros modos de sostener la vida. Desde los años 90, la tierra se extranjeriza y se concentra para la forestación y los monocultivos. La expansión forestal y sojera, la presencia de empresas como Montes del Plata y UPM, y los conflictos socioambientales documentados —fumigaciones sobre escuelas rurales, mortandad de colmenas, contaminación de fuentes de agua— aparecen, en la lectura de la autora, como expresiones de una "ontología de guerra". Un modo de habitar el mundo regido por el deseo de acumulación que nos desconecta de la interdependencia y la ecodependencia.
La tesis doctoral de Nat cartografía dos redes que transitan ese paisaje. La Red de Grupos de Mujeres Rurales, creada en 1992, reúne a unas cien mujeres organizadas en Paysandú, Florida y Canelones. La Red Nacional de Semillas Nativas y Criollas, surgida en 2004 tras los conflictos por transgénicos, está integrada por mujeres, disidencias y grupos de jóvenes por la soberanía alimentaria. La investigadora se involucró durante seis años con ellas, acompañando sus procesos mediante entrevistas, participación en fiestas de semillas, campamentos de jóvenes, encuentros regionales y ferias.
Una subjetividad del cuidado
Uno de los hallazgos centrales es que estas experiencias desarman la separación entre producción y reproducción. La vida no se fragmenta en trabajo, cuidados y vínculos, sino que se produce en una misma trama.
Ellas comen de lo que siembran, cocinan con lo que cosechan, viven donde trabajan y socializan a través de sus producciones, así sostienen la vida. La autora lee estas prácticas como expresiones de una ontología del cuidado, que reconoce a las personas como seres vulnerables, interdependientes y ecodependientes, ante la "fantasía de individualidad" que instala la subjetividad neoliberal.
Frente a las miradas que hablan de "triple jornada", la tesis sostiene —desde un marco decolonial feminista— que "lo que para estas mujeres tiene continuidad en sus vidas, el discurso científico lo escinde en esferas y jornadas de trabajo".
Lo afectivo en la producción de conocimiento
En el plano metodológico, un hallazgo clave es que los afectos —miedo, alegría, dolor, amistad— funcionan como sensibilidades epistémicas para generar conocimiento. La cartografía afectiva permite producir un conocimiento situado que cuestiona los tiempos productivistas de la academia y dialoga con el sentido político de sanar los cuerpos-territorios. Así, la investigación no solo produce conocimiento, sino que también genera espacios de confianza y cuidado para la organización política.
Neocampesinado
El estudio identifica un movimiento de reruralización que se expresa en lo que la autora, siguiendo a las propias jóvenes de la red, llama neocampesinado. Lo campesino no aparece como identidad fija, sino como una práctica que articula saberes diversos y proyecta alternativas al modelo extractivo.
Se trata de jóvenes que migran al campo en busca de otras formas de vida. De los nueve colectivos vinculados a la Red de Semillas, cinco acceden a tierras públicas a través del Instituto Nacional de Colonización. Desde 2016 organizan los Campamentos de Jóvenes por la Soberanía Alimentaria como estrategia para acercar a otros jóvenes al campo. Apuestan al autoconsumo y al trueque, disputan la elitización de los productos agroecológicos y construyen repertorios de cuidado colectivo —cocinas comunitarias, baños secos, farmacias naturales, compostajes— que interpelan las prácticas reproductivas clásicas.
Con su tesis, Nat describe estas experiencias y muestra el tránsito de una ontología de guerra hacia una ontología del cuidado, que reconoce la ecodependencia y la interdependencia como condiciones de la vida.