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"Fantasmas en las redes"

Imagen
Temática
adolescencia,redes sociales
Medio
Lento - La Diaria
Medio
Medio digital
Conductor/a - Periodista
Hernán Panessi
Entrevistado/a o mencionado/a por Facultad
Fecha
FUENTE
https://ladiaria.com.uy/lento/articulo/2026/5/fantasmas-en-las-redes/

En medio de la cultura del exhibicionismo, los adolescentes, y un poco más grandes también, crean códigos de ocultamiento en sus redes sociales, en parte para evitar la vigilancia adulta, en parte por una necesidad de control de su propia imagen. Esta «estética fantasma» convive con consumos problemáticos de plataformas, madres y padres que no saben qué hacer y proyectos de ley regulatorios.

Swipe, scroll, swipe, scroll. Un pulgar se desliza con cadencia mecánica, una lacónica coreografía de la insatisfacción que se repite en miles de dormitorios de Montevideo, de Punta Carretas a la Curva de Maroñas. De acá, de allá y de más acá. No hay sonidos ni excitaciones: apenas el resplandor azulado que rebota en las pupilas de un adolescente que no busca ser visto, sino —probablemente— desaparecer mientras mira.

En la pantalla de su teléfono, su perfil de Instagram es una suerte de páramo digital: cero publicaciones, una biografía críptica o inexistente y una foto de perfil que es, en realidad, un plano detalle de algún absurdismo aesthetic, como le dicen estas generaciones a todo lo que indique cierta armonía visual, un fotograma de un animé de culto de los años dos mil o una simple mancha de color. O nada de nada. Ante los ojos de un adulto, esa cuenta probablemente se yergue muerta, como un error del sistema o como una invitación a despertar alertas por depresión. Para la generación que hoy transita entre los 15 y los veintipocos, esa cuenta está en su estado más puro y funcional. Ese es su código (ellos dirían coded), aquel que los expertos bautizaron informalmente «estética fantasma».

Estamos ante el fin de la era de la exhibición total que inauguraron los millennials y el nacimiento de un narcisismo inverso, una forma de vanidad que se alimenta de la ausencia. Como señala el filósofo surcoreano Byung-Chul Han como tesis central de su libro La sociedad de la transparencia: «El exceso de visibilidad no produce luz, sino ceguera». Aquí anida «algo» de recoger ese guante.

Si para los nacidos en los ochenta y los primeros años noventa ser era acumular un archivo digital de felicidad mostrable, horizontes con filtro y platos de comida perfectamente iluminados, para los nuevos dueños del código el prestigio es el gatekeeping; así le dicen, en inglés, al acto de controlar con celo quién puede ver sus contenidos. Por ahí, la soberanía del silencio y el refugio en los «mejores amigos», ese círculo verde que funciona como un club privado digital donde el contenido es sucio, mal encuadrado, efímero y rabiosamente real, lejos de la mirada ploma de los padres, de los algoritmos de venta y, sobre todo, a años luz del cringe, otra forma de decirle a la vergüenza ajena.

Cualquiera que haya sobrevivido a la adolescencia sabe que crecer es, esencialmente, un ejercicio de demolición controlada. Esto canta la estrella pop generación Z Billie Eilish en «Getting Older»: «Cosas que antes disfrutaba / Ahora solo me mantienen empleada / Cosas por las que estoy agradecida / Me persiguen durante toda la noche». Eilish conjura el problema estructural de la época. Esto sostiene Olivia Rodrigo, otra coetánea, en «Making the Bed»: «Me hago la víctima con una seriedad mortal / Conseguí todo lo que quería, pero mentiría si dijera que ahora soy feliz / [...] Yo soy quien apretaba los gatillos, así que intento que no se note / Pero estoy cansada de mis juegos, y estoy cansada de mis canciones, y estoy cansada de ser yo». Nada nuevo bajo el sol de quienes adolecen.

Y hoy, en este preciso instante de la historia, el sol es el resplandor de una pantalla que no perdona. Los jóvenes necesitan destruir versiones de sí mismos cada seis meses para poder seguir adelante. El problema de esta década es que esa demolición queda registrada en alta definición y almacenada en una nube que no olvida.

Pablo López Gómez, coordinador de Género, Sexualidad y Salud Reproductiva de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República (Udelar), lo disecciona con una precisión que incomoda: «Guardo de mi adolescencia un video de Bariloche y algunas fotos de cumpleaños de 15. Todas me dan cringe. Pero un gurí de hoy se está viendo permanentemente en un registro insoportable de su vida, de cada minuto, que lo tienen subido o no, pero está ahí. Se avergüenzan de sí mismos porque están en pleno desarrollo y es lógico que a los 15 te parezca vergonzoso lo que hiciste a los 14 o a los 17 te parezca vergonzoso lo que hiciste a los 15». Y así. Y asá. Juventud, divino tesoro.

Cambiaron la onda
La estética fantasma surge entonces no como una pose, sino como un botón de pánico preventivo, una limpieza de sangre digital. Si no hay archivo, no hay prueba. Si no hay prueba, no hay juicio diferido. Así las cosas, el experto explica que, a pesar de los fantasmas del pánico moral adulto, los adolescentes uruguayos han desarrollado ideas muy sofisticadas acerca de cómo protegen su privacidad. Esa sobreexposición que a veces asusta al mundo de los mayores, esos casos de viralización extrema o de exposición imprudente representan apenas a 20% de la población joven. La mayoría utiliza el perfil vacío como una trinchera, una forma de marcar una frontera identitaria infranqueable. «Estas son mis palabras, no hables como yo, no me imites», parece ser el mantra que subyace a la pantalla en negro.

Esta es una lucha generacional que se libra en el terreno minado de la vergüenza ajena. El cringe es el nuevo muro de Berlín, una frontera estética que separa a los que entienden el código de los que intentan comprarlo. Esto pasa desde la irrupción de la cultura joven (el nacimiento de «lo teenager» es de 1944) hasta nuestros días. Los pibes ven a los adultos —especialmente a los políticos en campaña y a sus propios padres— tratando de imitar su jerga, usando términos como basado, skibidi o six-seven de forma anacrónica o subiendo memes que caducaron hace tres actualizaciones de sistema, y sienten una especie de náusea estética. Ya lo señaló el abuelo Simpson con una precisión quirúrgica que duele: «Yo sí estaba de onda, pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que traigo no es buena onda y la onda de onda me parece muy mala onda. Y te va a pasar a ti».

En Argentina sucedió una escena tremendamente pop que viene a cuento: en 2019, los jóvenes andaban copadísimos con la irrupción de los traperos y su referente, Duki, había popularizado el concepto «skere», una estilización canchera de let's get it. Hasta que el conductor Marcelo Tinelli lo usó en televisión, ante una audiencia de mayores de edad. Delante de un público que, a ojos de los traperos y sus pequeños seguidores, definitivamente no iba con su flow. De sopetón, el mismísimo Duki lo jubiló al instante. Hubo anticuerpos para la popularización de un código salmodiado entre ellos.

A la sazón, López Gómez señala que este sentimiento de rechazo hacia lo adulto es histórico y necesario para la formación de la identidad, pero ahora cuenta con un registro técnico que lo vuelve omnipresente y cruel. El adulto que publica una foto dándole un beso a su hijo en la puerta del liceo porque ganó una medalla o el que filma un video haciendo un baile de TikTok en un casamiento está cometiendo, ante la mirada joven, una violación de su soberanía digital y una exposición al ridículo que no tiene vuelta atrás.

«Antes eso no pasaba, no teníamos la opción de comentar en tiempo real que un profesor es un ridículo. Ahora los ven subiendo contenido y tienen el medio técnico para criticarlo y decir que les da vergüenza ajena. El mundo adulto se volvió ridículo porque ahora lo vemos todo el tiempo en circunstancias que antes eran privadas», afirma el psicólogo. Hay una inversión de la mirada: ya no es solo el adulto el que vigila al joven, sino que el joven juzga la falta de lectura de contexto de un adulto que postea como si estuviéramos traficando el mismo código epocal del Facebook de 2010.

Cada vez más chicos, cada vez más separados
Pero detrás del humo de las stories, el vacío de los muros y el doomscrolling de TikTok, hay datos duros que exigen una lectura menos emocional. Ana Laura Pérez, periodista especializada en tecnología y plataformas, advierte que la conversación pública en Uruguay suele estar viciada por una mirada adultocéntrica que simplifica el uso del dispositivo como una mera pérdida de tiempo o una adicción lineal. El estudio Kids Online Uruguay 2022 revela una realidad más matizada: las redes son entornos de aprendizaje y socialización fundamentales que no pueden medirse solo por el reloj.

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