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Algo pasa en la noche

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Una investigación sobre el retorno al liceo nocturno en la zona oeste de Montevideo

A los 12 terminó la escuela. Era plena dictadura y nunca empezó el liceo. Vinieron décadas ocupadas por el trabajo, los cuidados, "la lucha, la batalla de la vida", como le contó al investigador Diego Cuevasanta. Cincuenta y cinco años después se preguntó: "¿Y yo?". Ya había hecho todo por todos, ahora le tocaba a ella. Se anotó en el liceo nocturno de su barrio y a los 67 años estaba cursando ciclo básico.

Fue una de las 175 estudiantes que había llenado una encuesta, y la única que respondió a los muchos mails que Cuevasanta mandó invitándolos a una entrevista. Era parte de la recolección de datos de la investigación sobre los factores que aportan al retorno y la permanencia de jóvenes y adultos en el liceo nocturno. Le dijo que el mail lo había aprendido hacía poco en el liceo y necesitaba usarlo para no olvidarse.

Cuando Cuevasanta analizó las entrevistas se dio cuenta de que en el oeste de Montevideo las personas retornaban al liceo nocturno, además del acceso a un mejor empleo, por la satisfacción de aprender, por saldar una cuenta pendiente, o encontrarse con otros. Cuevasanta lo llama configuraciones motivacionales, tramas donde el trabajo, el avance académico y la proyección personal se producen juntos.

Cómo se quedan
Uno de los hallazgos es el rol que cumplen esas mujeres mayores en sostener a sus compañeros más jóvenes. En el liceo las llaman “mamás gallinas”, cuenta Cuevasanta. “Son madres, mayores de 35 años, que generan un vínculo afectivo y de sostén sin igual". Los pasan a buscar por la casa, se juntan a estudiar los fines de semana, o les preparan comida.

Las mamás gallinas sostienen desde lo informal, y los apoyos institucionales sostienen desde lo formal. A partir de entrevistas con docentes, adscriptos y subdirectores la investigación muestra cómo los liceos responden, “a pulmón”,  situaciones que exceden lo educativo. Juntan dinero en jornadas y rifas, piden alimentos para armar canastas. En invierno arman un espacio donde se sirve café y té, "para que tomen algo calentito".

Qué los expulsa
"Vos a mí me das 24 horas en este liceo y yo echo a todo el mundo sin putearlo", le explicó un adscripto. Bastaba con mirar serio a un estudiante y preguntarle "¿qué haces acá si fracasaste toda tu vida?" para que nunca más vuelva. La contracara de estos gestos de hospitalidad son las acciones mínimas que pueden afectar las trayectorias más frágiles. Un chiste, un comentario negativo sobre fracasos previos pueden romper el vínculo con el liceo.

La investigación también señala a la vulnerabilidad social y económica. A menudo deben elegir entre pagar el boleto para ir al liceo o comprar comida para sus familias. La inestabilidad laboral también aporta al desgaste, las changas generan una asistencia intermitente, dejan un semestre para trabajar y vuelven cuando termina la zafra.

Cuevasanta también identifica la violencia de género como uno de los aspectos que dificultan la permanencia de las mujeres en el sistema educativo nocturno. Algunas viven situaciones de control extremo, les prohíben ir al liceo, las esperan en la puerta o dentro de la institución para controlarlas.

El estudio advierte que muchas de las estrategias que permiten sostener estas trayectorias "no son apoyos que nazcan de la política pública, ni de la articulación de políticas entre organismos del Estado. Son acciones que desarrollan docentes, adscriptos, subdirectores, subdirectoras y los propios estudiantes. Los liceos nocturnos terminan asumiendo tareas de asistencia para las que no cuentan con recursos ni equipos especializados.

 

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Publicado el Miércoles 13 Mayo, 2026

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