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Qué les pasa a las maestras que reciben niños autistas en sus aulas

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Cuando una maestra recibe en su clase a un estudiante autista, suele encontrarse con la tarea de enseñar e inventar cómo hacerlo. Sin formación específica, sin acompañamiento sostenido del sistema y, muchas veces, sin información sobre el niño o adolescente que tiene enfrente. La investigación de Cintia Cuadro pone el foco en qué les pasa a las docentes que sostienen esa inclusión.

Estrés, ansiedad, frustración, presión y desborde son algunas de las emociones que atraviesan a estas maestras. Hay docentes que llegan agotadas a sus casas, otras que evitan pedir ayuda por miedo a ser cuestionadas y algunas terminan llorando después de la jornada. Cuadro evaluó un dispositivo de escucha y seguimiento dirigido a maestras de escuelas públicas que integran estudiantes con diagnóstico de trastorno del espectro autista (TEA) en sus aulas.

El estudio recoge la experiencia situada de cuatro maestras de Montevideo. Participaron en diez encuentros grupales, de frecuencia semanal, y en entrevistas semiestructuradas realizadas antes y después del proceso.

La soledad como hallazgo

El trabajo destaca que las docentes “viven la inclusión en una profunda soledad”. Según relatan, el sistema responde de forma tardía y reactiva y, en algunos casos, expresar malestar tuvo consecuencias negativas para ellas. También aparece la falta de espacios de reflexión entre colegas y la constante sensación de no tener tiempo suficiente.

Las participantes llegaron al grupo buscando respuestas y herramientas concretas. Compartieron estrategias construidas a ensayo y error, a partir de lo que les había funcionado en el aula. “Yo estudié para una escuela en la que no hay autistas. Nos enseñaron a enseñar a neurotípicos, y a neurotípicos que además aprenden”, planteó una de ellas.

“De la catarsis a pensar la práctica en colectivo”

Los primeros encuentros fueron un espacio de descarga y terminaron transformando la forma en que las maestras miraban a sus estudiantes y a sí mismas. A través de los encuentros fueron construyendo perspectivas de un futuro posible para estos niños, distinto al que el sistema escolar prevé.

Muchas de sus expectativas estaban ligadas al funcionamiento institucional. Que se queden sentados, que aguanten las cuatro horas, que compartan con sus compañeros. Eran demandas que, según la investigadora, “no tenían que ver con el niño en sí ni con sus características”. 

En ese contexto, el dispositivo grupal cumplió una función reparadora, contenedora y transformadora. Con el correr de las semanas, las maestras resignificaron el lugar de las emociones en su práctica. Pasaron de describir a los estudiantes como problemáticos y difíciles a valorar la diferencia y entender el autismo como una oportunidad. 

Cintia Cuadro, responsable de la investigación, recibió su diagnóstico de autismo en la adultez, mientras desarrollaba este trabajo. Desde ese lugar, también cuestiona cierta idea instalada sobre quiénes producen conocimiento sobre el autismo y desde dónde se habla. “Al parecer, los autistas estudiamos, trabajamos y hablamos de eso también”, comentó.

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Publicado el Jueves 28 Mayo, 2026

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